lunes, julio 20

El Gobierno sube la previsión económica y convierte el optimismo en munición política

El Gobierno ha decidido empezar la semana con una de esas frases que en política suenan a parte meteorológico con sonrisa: España crecerá más de lo previsto. La previsión oficial para 2026 sube al 2,6% y el dato llega acompañado de un paquete de medidas anticrisis y del arranque de la maquinaria presupuestaria. Dicho en cristiano: el Ejecutivo enseña músculo económico justo cuando necesita convencer a medio Congreso de que todavía queda partido, balón y, si se descuida alguien, hasta prórroga.

Cuando el PIB también hace campaña

La economía tiene esa maravillosa virtud de servir para todo. Si va mal, es culpa de la herencia, de la guerra, de los mercados o de Mercurio retrógrado. Si va bien, naturalmente, es mérito de quien ocupa la sala de prensa. En este caso, Pedro Sánchez y su equipo colocan sobre la mesa una revisión al alza que les permite repetir una idea muy útil: que España sigue creciendo por encima del entorno europeo y que el apocalipsis anunciado por la oposición, de momento, no ha pasado por caja.

El mensaje político es transparente, aunque venga envuelto en gráficos, porcentajes y lenguaje de informe. El Ejecutivo quiere convertir la resistencia económica en argumento de estabilidad. Porque cuando no tienes mayoría absoluta, cada décima de crecimiento vale casi como un diputado obediente. Y esos, ya se sabe, cotizan más que la trufa blanca.

Medidas anticrisis: el ungüento para todos los titulares

Junto a la previsión económica llega el nuevo paquete anticrisis, esa criatura legislativa que en España aparece cada cierto tiempo como manta, paraguas y aspirina institucional. Su objetivo es prorrogar o ajustar medidas de protección ante precios, energía y presión sobre los hogares. Su efecto político, además, es bastante obvio: demostrar que el Gobierno está haciendo cosas, preferiblemente muchas, y con nombres que suenen a escudo social.

El problema es que gobernar a golpe de paquete también tiene su lado incómodo. Cada medida necesita apoyos, cada apoyo necesita negociación y cada negociación abre una ventanilla donde los socios recuerdan que sus votos no son de decoración. Así que el Ejecutivo vende estabilidad mientras camina por una pasarela parlamentaria con el suelo encerado. Muy elegante todo, muy emocionante para quien no tenga que aprobar nada.

Presupuestos: ese animal mitológico que todos invocan

La otra pata del día es el inicio del camino presupuestario. En teoría, unos nuevos Presupuestos Generales del Estado son la prueba adulta de que un Gobierno gobierna y no solo administra el calendario. En la práctica, son una negociación donde cada partido llega con su lista de deseos, su calculadora y su cara de “yo venía solo a mirar”.

Para PSOE y Sumar, sacar adelante las cuentas sería algo más que un trámite: sería una forma de fijar relato, repartir prioridades y mandar al país la señal de que la legislatura no vive únicamente de equilibrios imposibles. Para el PP, en cambio, cada tropiezo parlamentario del Ejecutivo seguirá siendo una prueba de agotamiento. Y para los socios, naturalmente, una oportunidad de recordar que la estabilidad también se factura.

Optimismo oficial, escepticismo obligatorio

Conviene no confundir previsión con milagro. Un crecimiento del 2,6% es una buena noticia si se confirma, pero no paga solo el alquiler, no baja mágicamente la cesta de la compra ni convierte una nómina ajustada en una novela de lujo. La macroeconomía puede ir estupenda mientras la economía doméstica sigue mirando el ticket del supermercado como quien lee una sentencia.

Ahí está el verdadero pulso político: transformar los números grandes en alivio pequeño, cotidiano y verificable. Porque el ciudadano medio no desayuna PIB, aunque a veces desde los despachos parezca que sí. El Gobierno tiene ahora un relato económico favorable; la oposición, el incentivo de pincharlo; y los socios, la llave de casi todo. En resumen: España crece, el Parlamento aprieta y la política, como siempre, encuentra la forma de convertir una décima en drama nacional.